Un vagabundo de las islas

Un vagabundo de las islas

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—Cuando vuelva a Macasar pregúntele a mi mujer si tengo o no razón para odiarla. No era nadie, y yo la he convertido en Mrs. Willems. ¡Una mestiza! Pregúntele, pregúntele usted… Pero, en fin, dejemos esto. Lo cierto es que usted me trajo aquí, a este desierto, descargándome como un fardo inútil, y me dejó en esta isla, sin ocupación, sin empleo, sin tener nada que hacer, sin poder recordar siquiera algo dulce y amable, como un condenado. Me dejó aquí, a merced de ese idiota de Almayer, que desde un principio sospechó de mí. ¿Qué sospechaba? Yo mismo no lo sé. Pero ésa es la verdad: desde un principio sospechó de mí y me odió. Supongo que sería porque estaba enterado de que usted me había protegido y era mi amigo. Por suerte, yo leía en su rostro como en un libro abierto. No es muy profundo ni listo su socio de Sambir, capitán Lingard. Luego pasaron los meses. Yo creo que me habría muerto de tristeza, de aburrimiento y de desesperanza, a no ser por… Un día…

Calló y dio un paso hacia Lingard. En el mismo instante, como si la moviera la misma fuerza que al hombre amado, el mismo instinto, el mismo deseo, Aissa se acercó a ellos.




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