Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas —SÃ, sà —repuso Willems vivamente. Y continuó con mayor animación cada vez—: Como le decÃa a usted antes, he llevado siempre una vida virtuosa. Más que el viejo Hudig, más que usted. SÃ, más que usted. BebÃa un poco, jugaba a las cartas… Ésas eran todas mis distracciones. ¿HacÃa mal? Pero, en el fondo, yo era un niño. ¿Se rÃe usted? SÃ, era un niño. Los negocios son los negocios, y a pesar de que los de estos paÃses son muy complicados, como usted sabe, siempre supe llevarlos bien. Hudig decÃa siempre que yo no era tonto… En fin, todo se habrÃa arreglado si no hubiera estado rodeado de personas que eran locas además de ignorantes y malas. Fui vÃctima de ellas, en particular de las mujeres, de mi propia mujer. Ahora las odio a todas…
Sacó la lengua, una lengua puntiaguda y roja, y se la pasó por sus pálidos labios, como si fuese una parte viva e independiente de su cuerpo.
Luego se palpó lentamente la mejilla herida y la comparó con la otra, como para apreciar mejor la importancia del mal.
Al fin siguió hablando con una voz lenta y monótona que vibraba de un modo extraño, como si ocultara bajo las palabras una intensa emoción: