Un vagabundo de las islas

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La voz de Willems hizo que se estremeciera profundamente, como si despertase de un sueño. Willems decía:

—Yo he llevado siempre una vida virtuosa. Usted lo sabe. Siempre me ha alabado por mi conducta, por mi hombría de bien y por mi firmeza en el trabajo. Esto también lo recordará usted. Usted sabe que nunca he robado nada…, si es eso lo que está usted pensando en estos momentos o a lo que ha querido referirse antes. Pedí dinero prestado, y ya sabe que luego lo devolví casi en su totalidad. Hubo un grave error al juzgarme; pero, en fin, ya está hecho. Hay que tener en cuenta mi situación en Macasar. Tuve un pequeño desastre en mis asuntos particulares, y por eso contraje aquellas deudas. ¿Podía resignarme a verme humillado ante toda aquella gente que me envidiaba…? Pero, en fin, eso, como le digo, no tiene nada que ver. Lo esencial es que se me juzgó con excesiva dureza. Mi castigo fue demasiado severo, casi terrible.

Lingard, completamente inmóvil, escuchaba en silencio.

Sus ojos se fijaron en los pies descalzos y sucios de Willems. Luego murmuró con una ironía sutil:

—¡Se le juzgó a usted con excesiva severidad!


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