Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas El sonido de la palabra justicia en sus labios hizo callar a Lingard, el cual cruzó los brazos sobre el pecho. La cólera de su orgullo ultrajado, la cólera de su ultrajado corazón, parecía haber desaparecido con los golpes que había asestado a su enemigo. En aquel momento sólo persistía en él la sensación de alguna inmensa infamia, de algo vago, insoportable y terrible, que parecía rodearle por todas partes y revolotear sobre su cabeza como una bandada de aves carniceras que se dispusieran a devorarle… ¿De verdad había en la tierra algo parecido a la justicia de los cielos, a la justicia de un Dios bueno y equitativo? Al pensar en esto, contempló con tal fijeza al hombre que tenía ante sí que creyó ver a través de su cuerpo, como si Willems se hubiera transformado en una especie de neblina sutil que conservara la forma humana. Si él intentaba golpearle de nuevo, ¿encontraría el vacío ante su puño levantado, ante su violencia? Lingard pensaba, además, que su brazo, por un extraño azar, había llegado a ser algo así como la Providencia vengativa, la espada divina que debía castigar a aquel canalla. Y se preguntaba con creciente angustia si era justo que individuos como Willems tuvieran, como los otros hombres, manos, brazos y sentidos. Aquellos miserables sólo empleaban sus labios para mentir, sus sentidos para sembrar el mal, su cerebro para trazar planes terribles de miseria y de traición… Él, él mismo, Lingard, el hombre justo y recto, experimentó entonces una inmensa vergüenza al mirar al hombre que tenía ante sus ojos. Sintió el peso de su responsabilidad si permitía que aquel miserable siguiera viviendo. Y hasta llegó a decirse que no le extrañaría que en aquel instante una fuerza ciega e invisible redujera a cenizas a aquel hombre, aplastándole y deshaciéndole en mil pedazos.