Un vagabundo de las islas

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Conforme hablaba, acentuando y puntualizando cada palabra, Willems miraba a su enemigo, con el ojo derecho abierto normalmente y el izquierdo empequeñecido y medio cerrado a causa de la enorme hinchazón de la mejilla, que daba a su rostro la apariencia de esas caras que se miran en un espejo convexo.

Ambos permanecieron así un gran rato, contemplándose fijamente y en silencio, como dos fieras que antes de saltar miden y calculan el terreno que las separa.

Willems continuó al fin:

—Si yo hubiera deseado hacerle daño, si hubiese querido arruinarle, destruir su hacienda por completo, me hubiera sido muy fácil. Estuve a la puerta de la hacienda el tiempo suficiente para haber podido suprimir a su socio…, y usted sabe que tiro bien.

—En ese caso hubiera usted errado el tiro —repuso Lingard con serenidad—. Aunque ustedes los malvados no lo crean, hay en la tierra una secreta justicia que protege a los hombres buenos y honrados.



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