Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas Miraba a uno y a otro con una expresión ansiosa e interrogante. Sus pupilas se fijaban sobre todo en los labios de los dos hombres, estudiando sus movimientos, con la esperanza de comprender alguna palabra, pues Lingard y Willems hablaban en inglés desde el principio. La joven fruncÃa el seño, y se adivinaba en la luz sombrÃa de sus ojos y en la expresión de inmensa angustia de su rostro el esfuerzo brutal que hacÃa su cerebro para comprender el significado de aquellas palabras pronunciadas en una lengua extraña.
Willems no contestó a las últimas palabras del capitán. Hizo un ademán evasivo, como rechazándolas, y murmuró:
—¡Usted me ha golpeado, me ha pegado! ¡Me ha insultado!
—¡Insultarle! —repuso Lingard con inmensa ironÃa—. ¡Insultarle! ¿Quién puede insultarle? ¿Qué palabra puede ser un insulto para usted?
Colérico y lleno de furia, el marino dio un paso hacia Willems.
—¡Cuidado, capitán Lingard, cuidado! —repuso Willems lentamente y con voz completamente serena—. Le juro que no intentaré defenderme si me pega de nuevo… Usted lo comprendió antes muy bien, ¿no es as� Bien. No levantaré ni un dedo.