Un vagabundo de las islas

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—Después de todo —contestó Lingard amargamente—, es lo que usted se merecía. Tenía de usted una opinión demasiado buena.

—Y yo de usted —repuso Willems—. ¿No comprende que de haber querido yo, el loco de su socio hubiera sido asesinado, y toda la hacienda reducida a cenizas y aventada? Si yo lo hubiese deseado, habría usted encontrado un montón de cenizas. Y, sin embargo, no he querido hacerlo.

—¿Que no quiso? ¡No pudo, que no es lo mismo! ¡No se atrevió, a pesar de ser usted un canalla! —rugió Lingard.

—¡Ah! ¿Encima me insulta usted?

—¡Un canalla! —repitió el marino, como si disparase la palabra al rostro de su enemigo—. No hay palabras bastante bajas y viles para expresar lo que es usted.

Hubo un corto silencio.

Aissa se levantó al fin del suelo, donde había estado como abandonada, en una actitud de terrible dolor y desesperación, y se acercó a los dos hombres.


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