Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas A cada paso se detenía un instante, como si vacilara, y luego continuaba andando.
De pronto se llevó una mano a la mejilla izquierda, la acercó a los ojos y la contempló largamente, como si en la palma de la mano tuviese algún objeto (pequeño que quisiera examinar con detenimiento. Luego se pasó por la cara un extremo de la chaqueta, viendo que se manchaba de sangre.
Entonces murmuró vivamente:
—¡Hombre, esto sí que está bien!
Se detuvo a muy pocos pasos de Lingard palpándose la mejilla herida; y cada vez que retiraba la mano se manchaba de nuevo la chaqueta con huellas terribles y monstruosas, como si correspondieran a las manos de un gigante.
Lingard se limitaba a mirarle en silencio.
Por fin, Willems dejó caer los brazos a lo largo del cuerpo y contempló a su verdugo. La sangre seguía corriendo por su rostro y comenzaba a coagularse en algunos sitios. El desdichado, completamente inmóvil, parecía haber sido colocado allí por el feroz jefe de una tribu indígena para que sirviera de escarmiento a sus enemigos.
Hablando con dificultad, repitió con reproche:
—¡Esto sí que está bien!