Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas —DÃgale que me deje marchar, o de lo contrario…
Oyó que Willems pronunciaba algunas palabras en el idioma indÃgena y esperó unos momentos.
Luego miró al suelo. Al ver que la muchacha, con su negra cabellera extendida a sus pies, continuaba inmóvil, experimentó una intensa cólera.
—Willems, dÃgale usted que me deje marchar, que se aparte. ¡Basta ya!
—Muy bien, capitán Lingard —contestó la voz serena de Willems—. Ella le dejará a usted. Quite el pie de su pelo. Estoy seguro de que no puede moverse.
Lingard apartó vivamente el pie.
Entonces vio que la mujer se sentaba con un movimiento no menos rápido y se cubrÃa el rostro con las manos.
Lingard giró sobre sus talones y miró a Willems. Éste, que habÃa avanzado unos pasos, retrocedió entonces como un hombre ebrio que intenta recobrar el equilibrio. El capitán, después de mirarle durante unos momentos con ojos impregnados de rencor y de cólera, gritó:
—¿Qué tiene usted que decir, qué puede decir en su defensa?
Willems avanzó lentamente hacia el marino, como temeroso.