Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas Los ojos del marino se volvieron entonces rápidamente hacia Willems, y quedó inmóvil, sintiendo que dentro de su pecho despertaban unos recuerdos y unas emociones muy intensas de un pasado dichoso. ¡Ah, aquella voz, pronunciando precisamente aquellas palabras! Lingard recordó las largas travesías, sus correrías por todos los mares, cuando Willems le acompañaba como un amigo fiel e inteligente. Entonces, en ocasiones en que el barco de Lingard se aventuraba por parajes peligrosos, Willems, que tenía una enorme sangre fría en todos los peligros, gritaba: «¡Cuidado, capitán Lingard, cuidado!». Luego, en poblaciones populosas o en humildes ensenadas muertas, al fondo de las cuales sólo existían colonias nacientes y míseras, el marino, en su comercio o trato con los indígenas, se dejaba llevar a veces de su genio vivo, que, sin embargo, ocultaba, como ya sabemos, un excelente corazón, pero que le habría ocasionado más de un disgusto de no llevar junto a sí a Willems, que sabía repetir en el momento crítico u oportuno: «¡Cuidado, capitán Lingard, cuidado…!».
El rajá Laut miró a su enemigo con abierta admiración. ¡Ah, qué listo era aquel hombre! Le había desarmado, le había vencido. Había sabido pronunciar las palabras mágicas, la frase exacta y acertada para desarmar por completo su brazo.
Al fin, saliendo de su abstracción, le gritó a Willems: