Un vagabundo de las islas

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Entonces se dio cuenta de que algo se enredaba a sus piernas por encima de las rodillas. Instintivamente dio una fuerte sacudida; pero entonces el extraño reptil abrazó una sola de sus piernas. Lingard comprendió: aquello eran unos brazos humanos. Miró hacia abajo. Entonces vio que la joven le sujetaba las piernas como un enorme trapo azulado y blancuzco. La muchacha estaba boca abajo, pegada a su pierna como una ventosa. Vio su cabeza, cuyo cabello negrísimo se enredaba a sus pies, los cuales desaparecían bajo aquella mata de ébano; escuchó sus lamentos, sus suspiros, el largo y hondo jadeo de su pecho, y se imaginó el rostro invisible de la infeliz pegado a sus talones. Con un pequeño golpe sobre aquel rostro se vería libre; pero no se atrevió a moverse, limitándose a gritar:

—¡Apártate, apártate!

El único resultado de sus gritos fue un aumento en la presión de los brazos que le retenían.

Con un tremendo esfuerzo intentó levantar el pie izquierdo, consiguiendo libertarlo; pero el otro continuaba prisionero. Oyó el golpe seco y sordo del cuerpo de la mujer al caer al suelo; pero al ir a libertar el otro pie de aquella mata de pelo y de aquellas manos que aún se arrastraban cerca de él como reptiles obstinados, Lingard oyó una voz viva y firme que decía:

—¡Cuidado, capitán Lingard, cuidado!


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