Un vagabundo de las islas

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Pero todo fue en vano.

Solamente dos ojos brillaban intensamente frente a él, bajo la manga sucia de aquella chaqueta. Luego vio cómo aquel brazo se separaba del rostro de su enemigo y caía a lo largo del cuerpo.

Sólo entonces se pudo dar cuenta de que la manga de Willems estaba manchada de sangre. En la mejilla izquierda tenía una gran herida que sangraba; la nariz le sangraba también. La sangre goteaba poco a poco, resbalando por los pelos hirsutos del bigote y cayendo al suelo después de mancharle la barbilla. Algunas gotas se sostenían entre el bigote, brillaban un poco y se deslizaban luego a los pelos inmediatos, como insectos diminutos que buscaran un sitio a propósito para esconderse. La blanca piel de Willems se llenaba de manchas rojas que formaban por doquier ríos bermejos.

El marino contempló largamente a su enemigo, viendo gotear aquella sangre y experimentando una especie de satisfacción y de alivio ante su obra.

Pero al mismo tiempo le asaltó la sombra de un remordimiento, de un remordimiento inevitable. Aquello no se parecía mucho a un acto de justicia pura. Él hubiera querido que aquel hombre le insultara, que hablase, que dijera alguna palabra que justificase los golpes y la brutalidad con que él acababa de tratarle.

Intentó dar un paso.


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