Un vagabundo de las islas

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Entonces, rechazando al hombre vil y miserable, abrió rápidamente la mano izquierda, temeroso de tener que acusarse de haber matado a un hombre impotente y cobarde. Pero con enorme sorpresa vio que Willems retrocedía dando traspiés y cubriéndose el rostro con la manga de su chaqueta. Luego se preguntó cómo había podido hacerse un espacio tan amplio entre los dos. No comprendía cómo habían estado tan cerca unos segundos antes…

Al fin pareció recordar lo que acababa de ocurrir ¡Él le había abofeteado, le había golpeado, y Willems no intentó ni siquiera luchar, ni resistir, ni defenderse! ¡Era un cobarde, sin duda alguna, además de ser un canalla! Lingard estaba amarga y profundamente asombrado y humillado, y experimentaba la misma desolación que debe de sentir un niño cuando le roban un juguete.

Al fin gritó:

—¿Quiere usted seguir siendo un miserable, un hipócrita y un canalla hasta el fin?

Ansioso, con una impaciencia que parecía levantar sus pies del suelo, aguardó a que Willems contestara.

Esperó como uno que supiera que su muerte o su desgracia van a decidirse en un solo segundo, según las palabras del otro.

Miraba a su enemigo con la seguridad de que acabaría por descubrir en él, aunque no hablase, algún signo, algún estremecimiento involuntario, que, a pesar suyo, le indicara lo que Willems sentía.


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