Un vagabundo de las islas

Un vagabundo de las islas

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Casi inmediatamente oyó gritos alrededor, unos gritos agudos y penetrantes, como los que lanzan los grandes pájaros marinos que viven en los acantilados desiertos del océano. Luego, un rostro surgió a pocos centímetros del suyo, dibujándose de un modo extraño en aquella horrible oscuridad.

¡Era el rostro de aquel hombre odioso y vil!

Después… ¡Ah! Después sintió Lingard una cosa viscosa entre los dedos de su mano izquierda: era la garganta del traidor, que se convirtió bien pronto en algo inerte, sin vida, como un reptil repulsivo y frío. Lingard vio cómo los ojos de su enemigo se tornaban blancos, de una blancura de espuma; su boca, que se torcía con un dolor sobrehumano, mostraban por entre los pálidos labios los dientes sucios, que brillaban al resplandor mortecino del día. Su mano derecha se levantó en el aire, a la vez que aquellos gritos extraños, como los de los misteriosos pájaros marinos, se volvían a oír en el silencio solemne de la triste mañana. En aquel momento, algo se enredó a las piernas del capitán. Debía de ser aquella mujer endemoniada. Entonces, ciego de ira, golpeó el rostro y el cuerpo de su adversario, dos, tres, muchas veces…

Al fin se dio cuenta de que estaba pegando a un ser inerte, blando, abandonado, como indefenso.


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