Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas Willems parpadeó, y el rápido movimiento de aquellos párpados, que revelaban que el infame vivía, exasperó a Lingard como un nuevo ultraje. ¡El canalla se atrevía a moverse! ¡Se atrevía a pestañear, a respirar: a existir, en una palabra!
Entonces, la mano que empuñaba la culata del revólver se separó de ella paulatinamente. Al crecer su odio y su furia contra aquel miserable, comprendía que no era con su revólver con lo que debía castigarlo; era preciso emplear otra arma; su furia exigía otro género de satisfacción. ¡Nada de revólver ni de puñal! Las manos desnudas, frente a frente. Unas manos que pudieran asirle por el cuello, golpear sus mejillas inmundas, cruzar su rostro; unas manos que pudieran sentir toda la desesperación de su resistencia, de su vencimiento, y la violenta delicia de un contacto lento y prolongado, furioso y brutal.
Acabó de soltar el revólver, sacó la mano del bolsillo y dio un paso precipitado hacia delante. En seguida, todo desapareció de su vista; ya no vio al hombre, ni a la mujer, ni a la tierra, ni al cielo; no vio nada, como si hubiese dejado a sus espaldas todo el mundo visible y palpable y acabara de penetrar en un espacio desierto.