Un vagabundo de las islas

Un vagabundo de las islas

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Los tres, inmóviles bajo el cielo brumoso y triste, parecían los personajes de una tragedia griega respirando el mismo aire, el aire pesado y caliginoso que apenas se movía y hedía a charca olvidada, a río manso, a bosque mohoso y espeso.

Así pasó casi un minuto, uno de esos minutos terribles y sombríos, semejantes a pequeñas islas deshabitadas y hostiles en el inmenso océano del Tiempo, uno de esos minutos Cuya voz es el silencio, mientras los pensamientos se revuelven en la estrecha cárcel del cerebro como pájaros enormes encerrados en una leve jaula, aleteando en vano.

Durante aquel minuto de silencio, la cólera de Lingard continuó aumentando, semejante a las olas del Pacífico, que se arrastran miles de millas creciendo a cada instante.

El capitán oía el rugido de aquella ola que parecía que iba a hacerle estallar la cabeza.

Miró de nuevo al hombre que tenía ante sí, inmóvil y rígido, a aquella cosa miserable y despreciable, a aquel ser inmundo que estaba a unos pasos de él, semejante a una estatua, sin alma y sin espíritu. Por un segundo, Lingard creyó que el villano estaba muerto y que se mantenía en posición vertical por un milagro.


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