Un vagabundo de las islas

Un vagabundo de las islas

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No podía soportar la idea de que el villano escapara al castigo; y tanto era así que ni siquiera quiso aceptar la idea de matarlo en aquel mismo momento, porque entonces la muerte le liberaría del dolor de los remordimientos, de la angustia de tener que cumplir con su deber, del miedo al castigo que se merecía…

¡No, no lo mataría, no lo mataría, al menos por lo pronto!

Estaba en sus manos. Y no debía hacerlo desaparecer para siempre tras la nubecilla azulada de un pistoletazo.

Su cólera, que era la cólera del hombre pacífico que no reconoce límites cuando se inflama, comenzaba a estremecerle de pies a cabeza. El marino sentía que una mano de hierro y de fuego le había tocado en el corazón, en el mismo corazón, no en la carne de su pecho, que comenzó a arder con una llama invisible y devoradora.

Lingard lanzó una especie de suspiro contenido.

Ante sus ojos veía el pecho desnudo de aquel hombre, que jadeaba intensamente.

El capitán miró luego a un lado, y entonces vio el pecho de Aissa, que subía y bajaba viva y rápidamente, levantando a cada instante su mano, que, con los dedos combados, como si intentara abrazar una flor demasiado grande, tenía apoyada sobre sus amplios senos.


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