Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas Por un instante tuvo la sensación de que era la primera vez que veÃa a Lingard.
Haciendo un esfuerzo, comenzó a decir:
—No creÃa que…
Un golpe de tos cortó sus palabras, un golpe de tos terrible, que le estremeció de la cabeza a los pies, congestionando su rostro y haciéndole llevarse las dos manos al pecho.
Lingard le observaba con el ceño fruncido y los ojos llameantes.
Cuando terminó de toser, el capitán pudo ver que la nuez de su garganta se movÃa de un modo precipitado, como el que teme ahogarse y tiene que tragar gran cantidad de saliva. Luego se hizo el silencio, un silencio trágico y terrible.
Lingard lo rompió para decir:
—Bueno, verá usted…
Pero con estas palabras terminó el marino su extraño y breve discurso.
Con la mano derecha hundida en el bolsillo de su chaqueta, el capitán acariciaba la culata de su revólver y pensaba en lo pronto y lo fácil que serÃa suprimir para siempre a aquel bandido, que se habÃa portado con él tan traidoramente.