Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas Willems volvió un poco la espalda a la joven y continuó hablando en voz baja:
—Mire usted a ésta —dijo, señalando a Aissa con un movimiento imperceptible de su cabeza—. ¡MÃrela! ¡No la crea tampoco! ¿Qué le estaba diciendo cuando he bajado? ¿Qué? Yo estaba dormido. TenÃa que dormir tarde o temprano, porque durante tres dÃas y tres noches he estado esperándole a usted. Le encargué que vigilara y que me llamase en el momento en que usted viniera. Y ella velaba, estoy seguro. Pero usted no debe creer sus palabras, no debe creer las palabras de ninguna mujer. Es imposible saber lo que piensan. Lo único que podemos saber es que mienten siempre, que dicen todo lo contrario de lo que sienten sus corazones. ¡Ah, las mujeres! Viven junto a nosotros, a nuestro lado, y no podemos averiguar si nos aman o nos odian, si sus caricias son sinceras o si nos atormentan por locura, por maldad o por refinamiento. Mire usted a ésta…, y mÃreme luego a mÃ. ¡A mÃ, que soy su obra, su obra infernal! ¿Qué le estaba diciendo antes?
Su voz murió en una especie de susurro apenas perceptible.
Lingard le escuchaba con atención, con un codo en una de sus manos y apoyando en la otra su barbilla blanca, mientras sus ojos miraban al suelo pensativamente.
Después contestó sin levantar la cabeza: