Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas El marino experimentó una inmensa tristeza, el vacÃo que producen los grandes dolores, la sensación de que una parte de su pecho habÃa quedado hueca y frÃa, abandonada, y que le serÃa imposible vivir o morir, escapar, libertarse de aquella horrenda tortura. Las palabras, la acción, la cólera, el olvido, todas nuestras pasiones, le parecieron inútiles y vanas, indignas del dolor y del esfuerzo que exigÃan de nosotros. Le pareció, sobre todo, que una cadena fortÃsima e invisible le ataba para siempre a aquel lugar, a aquella explanada triste y maldita.
Entonces, sin darse cuenta de lo que hacÃa, se apartó de Willems y de Aissa, pero éstos le siguieron. Después le pareció que se encontraba muchÃsimo más lejos de aquellas dos odiosas personas de lo que estaba en realidad, y que si daba otro paso más los perderÃa de vista para siempre. ¿Deliraba acaso? Al fin se rehÃzo y recobró su propia personalidad, perdido en el delirio de un instante doloroso.
Como si contemplara a Willems y a Aissa desde una inmensa altura, murmuró:
—¡Le ha poseÃdo el demonio por algún tiempo, Willems!
—Sà —repuso éste mirando a Aissa—. Un demonio que no tiene nada de hermoso, ¿verdad?