Un vagabundo de las islas

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Lingard, que le había escuchado con suma atención, levantó la cabeza y le miró con el ceño fruncido.

Aissa, junto a ellos, los contemplaba con las manos cruzadas. En su rostro persistía aquella dolorosísima expresión, hija del esfuerzo brutal que hacía para adivinar las palabras de los dos hombres. Al otro lado de la explanada, la vieja se movió junto al fuego. La voz de Willems parecía haber llenado la ancha explanada durante unos instantes, y luego murió, dejando flotar en el aire una especie de silencio palpable y terrible.

Un trueno lejano rodó por encima de las colinas y se arrastró luego sobre los bosques, que adquirían un tono negro y amenazador de noche o de muerte. El eco repitió el sonido hasta muy lejos, perdiéndose al otro lado del río. Y se hizo otra vez el silencio, un silencio absoluto, rotundo, tan completo que parecía como si no hubiera sido jamás turbado desde los primeros tiempos de la Tierra. Al cabo de un gran rato, Lingard percibió a través de este silencio la voz lejana del río, semejante al susurro de un niño dormido o a una de esas voces misteriosas y lejanas que escuchamos en sueños.



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