Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas —¡Y yo, la verdad, no quiero morir en este paÃs salvaje!
—¿No quiere usted morir aqu� —repitió Lingard pensativamente.
Willems se volvió hacia Aissa y la señaló con su Ãndice descarnado y negro.
—¡MÃrela! —dijo—. Siempre aquÃ, siempre cerca de mÃ, siempre espiándome, observándome, mirándome. Mire sus ojos tan grandes, tan vivos, que parecen traspasarle a uno cuando miran. Al dormirme, sus pupilas están fijas en mÃ; al despertar, lo primero que veo son sus ojos, fijos en mà todavÃa, como los de un cadáver. Si salgo, ella me sigue; si permanezco en casa, ella se queda. ¡Por Dios! ¡Es algo horrible! Y si se fija en sus ojos verá que son inexpresivos y mudos, que no revelan ningún sentimiento, verdaderos ojos de salvaje, de una muchacha indÃgena medio árabe y medio malaya. Me hacen mucho daño. Esto me humilla hasta lo infinito, al pensar que soy un blanco, un europeo, un hombre civilizado. ¡Sáqueme usted de aquÃ, capitán Lingard —gritó—, y lléveme usted lejos! ¡Soy un blanco!
Y alzó los brazos hacia el cielo brumoso, como si quisiera poner por testigo de su raza pura y superior a aquellas nubes sombrÃas. Gritaba con los brazos extendidos y los ojos muy abiertos, estremeciéndose como un loco, como un insensato, como un ser absurdo, patético, repulsivo y ridÃculo a la vez.