Un vagabundo de las islas

Un vagabundo de las islas

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Cuando Willems se recobró de su furia se encontró fuera del pueblo, andando sobre la tierra endurecida de unos campos de arroz recién segados. ¿Dónde iba por allí? Había caído la noche, y debía volver al pueblo. Emprendió el regreso lentamente, recordando los trágicos y terribles acontecimientos de aquel día y sintiendo una honda amargura. La soledad, el aislamiento en que quedaba su vida, aumentaba su tristeza. Su mujer le había arrojado de su propia casa. Y él había agredido brutalmente a su cuñado, un miembro de la familia de los Da Souza, de sus antiguos adoradores. Se arrepentía. No debió haber hecho aquello. Era otro hombre, otro hombre, que estaba surgiendo en él, la sombra de otro hombre que surgía en el fondo de su alma, resucitando después de muchos años… ¿Qué haría? Veíase de golpe sin pasado, sin porvenir, envenenado de cólera y de odio, de furor y de vergüenza. Se detuvo y miró alrededor. Un par de perros que olfateaban el aire ladraron y gruñeron desconfiadamente tras él. Estaba en aquellos momentos en el centro del barrio malayo de la ciudad, y las lindas casitas, los bungalows alegres, mostraban alguna que otra luz entre el verdor de los jardines que rodeaban las viviendas. El barrio, la ciudad entera, estaban envueltos en un silencio grato y dulce. Willems adivinaba los tranquilos interiores, el comedor iluminado, las alcobas en suave penumbra, y, en ellas, hombres, mujeres y niños que gozaban de las primeras delicias del sueño. Y él, ¿dónde dormiría? Experimentó la sensación de ser un vagabundo, el más genuino vagabundo de la Humanidad, y al mirar alrededor, antes de reanudar su penosa marcha, le pareció que la tierra era más grande e infinita que nunca, y que la noche se había tornado más negra y más hosca. Sin embargo, continuó su camino con la cabeza baja y las manos en los bolsillos del pantalón, árida y fría el alma. Al fin, al sentir bajo sus pies un suelo entarugado, levantó la cabeza y vio la luz roja que indicaba el final del muelle. Se detuvo, se apoyó en el poste que sostenía la luz roja y miró hacia la rada, donde dos buques anclados balanceaban débilmente sus humildes lucecitas, que se reflejaban en el agua lo mismo que las estrellas de la noche serena. Un pensamiento terrible le asaltó. ¿Por qué no hacerlo? Estaba al borde mismo del agua… Un paso más… y sería el fin de todo, de los dolores, de las angustias, de aquella vida llena de miserias, sin norte y sin porvenir. ¿No sería lo mejor? Comprendía que le era imposible retroceder, volver a su casa. El respeto de su mujer, de aquella familia que le había adorado como a un dios, se había desplomado al conocer su desgracia. Entonces lo veía claro. Y durante unos instantes permaneció sumido en profunda abstracción, como si estuviese alejado de todo.


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