Un vagabundo de las islas

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IV

Una voz fuerte y ruda le sacó de aquella meditación tan cercana al suicidio, al tiempo que una mano ruda y fuerte se apoyaba brutalmente en uno de sus hombros.

Al levantar la cabeza, Willems se encontró frente a Lingard.

—¡Hombre, al fin se le ve a usted! —exclamó el marino en tono alegre—. ¿Qué hace usted a estas horas?

Willems sintió una especie de consuelo al oír la voz de su viejo amigo. Le pareció un enviado celestial para salvarlo de aquel repentino y terrible naufragio. En su alegría se mezclaba cierta cólera y un sentimiento muy humano de humillación.

Aquella voz le recordó el principio de su próspera carrera, cuyo lamentable fin se ponía de manifiesto en el extremo del muelle de la ciudad, a deshora de la noche, donde los dos se habían encontrado.

Pero Willems, rehaciéndose y libertándose luego del amistoso abrazo, contestó encogiéndose de hombros y con un tono profundamente amargo:


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