Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas Una voz fuerte y ruda le sacó de aquella meditación tan cercana al suicidio, al tiempo que una mano ruda y fuerte se apoyaba brutalmente en uno de sus hombros.
Al levantar la cabeza, Willems se encontró frente a Lingard.
—¡Hombre, al fin se le ve a usted! —exclamó el marino en tono alegre—. ¿Qué hace usted a estas horas?
Willems sintió una especie de consuelo al oír la voz de su viejo amigo. Le pareció un enviado celestial para salvarlo de aquel repentino y terrible naufragio. En su alegría se mezclaba cierta cólera y un sentimiento muy humano de humillación.
Aquella voz le recordó el principio de su próspera carrera, cuyo lamentable fin se ponía de manifiesto en el extremo del muelle de la ciudad, a deshora de la noche, donde los dos se habían encontrado.
Pero Willems, rehaciéndose y libertándose luego del amistoso abrazo, contestó encogiéndose de hombros y con un tono profundamente amargo: