Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas —Verá usted… Me ha ocurrido una contrariedad y estoy en la calle. Asà es que, si sigue usted siendo mi amigo, écheme una mano, como vulgarmente se dice. TenÃa la vaga idea de que esperaba a alguien aquÃ. ¿No serÃa usted? Usted me ayudó en el comienzo de mi carrera; ayúdeme ahora también, en esto que parece el final. O, cuando menos, empújeme usted al agua… A mà me falta el valor, la verdad.
—¡Oh!, yo tengo para usted algo mejor que arrojarle al mar a que se lo coman los peces, amigo mÃo —repuso Lingard cogiendo a Willems por un brazo y obligándole a seguirle—. Durante todo el dÃa me han estado llenando la cabeza de historias sobre usted… Me han contado muchas cosas que ya le diré luego, querido Willems, y le he buscado a usted por todo el pueblo. En resumen, me han dicho que… usted no es un santo, y que ha procedido esta vez muy torpemente. En fin, ya está hecho. Además —añadió, haciendo esfuerzos por sujetar a su acompañante, que pugnaba por desasirse—, eso no tiene importancia… ¿Quiere usted estarse quieto, amigo mÃo, y escucharme con calma?