Un vagabundo de las islas

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Con un gesto de resignación, y lanzando un débil suspiro, Willems se dispuso a escuchar a su amigo. El capitán, llevándole siempre amistosamente cogido del brazo, bajó la voz para contarle cosas execrables, mientras los dos paseaban con lentitud a través de los muelles desiertos. Lingard le fue explicando todos los detalles que había podido saber durante el día referentes a la catástrofe que causó la ruina de Willems. Una indignación terrible se iba apoderando del antiguo empleado de confianza de Hudig conforme hablaba el capitán. Winck y Leonardo eran los que le habían vendido. Ambos le habían espiado, le habían seguido cautelosamente muchas veces, durante muchos meses, acabando por descubrir sus delitos; entonces, les faltó tiempo para correr a ponerlos en conocimiento de Hudig. Para ello habían tenido que sobornar y comprar a varios chinos de los que trabajaban en el almacén; pero nada les había importado.

Willems cada vez sentía más horror. Los detalles del complot le producían un espanto infinito. Se explicaba hasta cierto punto la conducta y la actitud de Winck, con el que ningún lazo le unía; pero Leonardo… ¡Su cuñado!




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