Un vagabundo de las islas

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—Pero yo, ¿sabe usted, capitán? —estalló al fin el infeliz, sin poder contener por más tiempo su furia—, yo le he derribado al suelo, le he pateado, le he hecho purgar su traición, aun sin conocerla. No sé por qué adivinaba en él a un enemigo… Era un presentimiento…

—Sí, sí, ya lo sé, lo sé todo. Me lo han contado todo. Ha hecho usted bien… Debió usted hundirle el cráneo a patadas… Dios nos libre de hombres de esa clase, amigo mío.

—¡Yo que siempre le estaba dando dinero a aquella tribu hambrienta, capitán —continuó Willems con tono iracundo—, que siempre tenía la mano en el bolsillo! Los muy villanos nunca tuvieron que pedírmelo dos veces.

—Precisamente, amigo mío. Su generosidad los irritaba, los aterraba… Se preguntaron sin duda de dónde salía tanto dinero, y llegaron a sospechar de usted. Entonces decidieron echarle al agua. Después de todo, como ellos siempre contaban con la ayuda de Hudig…

—¿Con la ayuda de Hudig? ¿Qué quiere usted decir, capitán?

—¿Que qué quiero decir? —repitió Lingard lentamente, deteniéndose y obligando a Willems a hacer lo mismo—. ¿Cómo? Supongo que ahora no intentará hacerme creer que no sabía que su esposa es la hija de Hudig, ¿verdad?


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