Un vagabundo de las islas

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Willems levantó rápidamente la cabeza al oír estas palabras, y con ojos muy abiertos, exclamó tras una breve pausa:

—¿Cómo? ¡Le juro a usted que no! Algo había oído, pero nunca llegué a sospechar…

—Ya, ya, no se canse usted. Le creo. Es usted muy infeliz, amigo mío… —Y añadió en tono más bajo, como si hablara consigo mismo—: Ya decía yo, ya decía yo que usted no debía de saber nada. Usted es un hombre de buena fe… Bien, cálmese ahora. Después de todo, eso no tiene nada de particular… Ella ha sido una buena mujer para usted, ¿no es así?

—Excelente mujer —repuso Willems con voz débil, en la que vibraba una sutil ironía que no percibió su compañero.

—¡Ah, vamos!, ¿ve usted? Pues es lo principal. Yo, la verdad, creía que usted, desde el momento en que Hudig fue el que arregló lo de su boda y le regaló el bungalow, comprendería…

—¡Oh!, yo he servido siempre a Hudig muy bien. Usted lo sabe. No importa de lo que se tratara; yo estaba siempre dispuesto a servirle, a sacrificarme por él.


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