Un vagabundo de las islas

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Le pareció revivir los últimos años pasados, sus grandes trabajos y servicios en favor de Hudig, que le recompensaba de aquel modo. ¡Su mujer era la hija de su antiguo principal! A la luz de aquella revelación, Willems recordó todo lo ocurrido en los últimos cinco años. Había hablado con Joana por primera vez en una hermosa mañana de primavera, a la puerta de la casa de la joven, cuando él se dirigía a su trabajo. Era una familia respetable, compuesta de la madre, viuda, Joana y un hermano de ésta. Al muchacho, Leonardo, lo había encontrado muchas veces por la ciudad, y por cierto, había sentido una gran simpatía por aquel mestizo de modales suaves que le saludaba siempre con tanta deferencia. Llegaron a hablar y a hacerse amigos, y jugaron algunas partidas de billar por la noche. Leonardo contó a Willems que su padre, «su querido padre», había sido un personaje, agente del Gobierno en Koti, donde murió a consecuencia del cólera. Era, pues, una víctima del deber, como los misioneros católicos que perecían a manos de los salvajes. A Willems, claro está, todas aquellas referencias le agradaban. Además, él se enorgullecía de no sentir antipatía ni prejuicio alguno contra las gentes de color o los mestizos. Y una tarde accedió a visitar la casa de los Da Souza por primera vez, aceptando una copita de curasao en la gran terraza del bungalow de aquella familia. Recordaba que «aquella tarde». Joana, sin arreglar y mostrando un desaliño absoluto, se balanceaba dulcemente en una hamaca.


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