Un vagabundo de las islas

Un vagabundo de las islas

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Por aquel tiempo, Willems no tenía tiempo para el amor; toda su vida estaba consagrada al trabajo, a los negocios de Hudig. Pero poco a poco se acostumbró a entrar un rato en casa de los Da Souza al volver del trabajo. La madre de Joana llamaba a la muchacha, para que acompañase al «gentil señor de la Casa Hudig, que las honraba con su visita…». Y así, gradualmente, fue naciendo la simpatía entre ambos.

Luego recordó Willems la visita de un sacerdote, un natural de las islas españolas cercanas, mulato también, de amplia sonrisa, suaves maneras y palabra insinuante, que mostró desde el primer momento un gran interés y una exagerada simpatía por el nuevo visitante de la casa. En fin, el desdichado recordaba aquella mañana, en el despacho de Hudig, cuando su principal, contra su costumbre, comenzó a hablarle de los Da Souza ahuecando la voz y haciendo aspavientos.

—¡Ya me han dicho, ya! Se habla mucho en la ciudad de ello. Se dice que usted visita a esas señoras Da Souza… Excelentes señoras… Una familia muy respetable… Yo conocía muy bien al padre. Y la chica… Magnífica oportunidad para un joven sensato, para un joven como usted, que quiere sentar la cabeza y fundar un hogar y una familia… Yo me alegraría mucho de que esa boda se realizase. Créalo usted. Es lo mejor, lo mejor que podría usted hacer…


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