Un vagabundo de las islas

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Y él se lo creyó todo. ¡Infeliz! ¡Qué torpe! ¡Qué idiota! Hudig conocía al padre de la joven… ¡Ya lo creo! ¡Y poco orgulloso que se había sentido él al ver cuánto se interesaba su principal por su suerte! Y su orgullo llegó al colmo cuando Hudig le invitó a pasar unos días en su casa de campo, donde Willems encontró a numerosos personajes que le trataron como un amigo. Winck había palidecido de envidia en aquella ocasión. Y así, dejándose guiar, convencido de que aquella boda que tanto agradaba a su jefe era una gran suerte para él, Willems se casó con Joana. La había alabado su jefe, que estaba también libre de prejuicios y aparecía ante sus ojos como un hombre superior. ¡Lo que se habría reído el muy canalla de la credulidad de su empleado! Y él se había casado, ignorándolo todo. ¿Cómo pudo cometer semejante estupidez? Nadie le había avisado ni había querido hablarle confidencialmente. Es verdad que luego llegaron a sus oídos ciertas historias referentes a su suegra y a su principal; pero Willems se había encogido de hombros, sin llegar a sospechar ni remotamente la verdad. Además, Hudig le pagaba con esplendidez; él y los Da Souza vivían cada vez mejor. Willems había llegado a ser el hombre de confianza del millonario, y éste le pagaba todos sus servicios engañándolo primero miserablemente y poniéndolo en la calle después. ¡Y aún había llegado en su cinismo a llamarle ladrón!


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