Un vagabundo de las islas

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—¡Déjeme, Lingard, déjeme usted que vaya a matar a ese bandido! ¡Suélteme, por favor! —rugió al fin el desdichado, pugnando por desasirse de la mano de hierro que le sujetaba por un brazo.

Pero el otro le retuvo, contestando:

—No, amigo mío, no piense usted en eso. No hay que matar a nadie. Sería una nueva y definitiva locura. ¡Estése quieto, le digo!

Se originó una lucha. El suelo entarugado crujió bajo los pies de los dos hombres. Desde su garita, el guarda indígena del muelle seguía la pelea, inmóvil y divertido. Tal vez al día siguiente dijera a sus amigos en la taberna que la noche anterior dos borrachos, dos blancos, se habían peleado silenciosamente en el muelle, sin que ninguno de ellos resultara muerto ni herido.

Al fin, Lingard pudo sujetar a Willems, empujándolo contra la valla de madera del muelle. Ambos jadeaban. Willems, haciendo un gran esfuerzo, murmuró:

—Bien, amigo mío… Me hace usted daño. Seré razonable. Suélteme usted.

—Vamos, así me gusta —murmuró el capitán sonriendo—. Es preciso que no se deje usted llevar de la pasión. Venga conmigo.

Y sin soltar su brazo tiró de él, llevándolo hacia las escalerillas del muelle. Luego, formando un círculo con el pulgar y el índice de la mano derecha, lanzó un agudo silbido que rasgó el silencio de la noche.


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