Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas Sí, se iría lejos, muy lejos, a los países amables, acogedores y dulces donde existe el trabajo, donde los hombres apreciarían sus méritos, donde hay camas, casas confortables, bazares, tiendas, civilización y progreso, y también iglesias donde las gentes limpias y bien vestidas entran a orar. ¡Ah! Él también oraría. Experimentaba entonces una inmensa necesidad de rezar, como cuando era niño. ¡Sí, irse, irse de allí, a un país donde trabajar, donde volver a ser virtuoso, correcto y educado, donde volver a estar bien vestido, donde sus pobres pies calzarían zapatos magníficos, donde sería de nuevo libre, feliz y rico! ¡Oh, Señor! La tarea le parecía fácil. ¿Por qué no? No tenía necesidad de cortar tantos árboles como había pensado al principio; con uno bastaba. Haría una canoa primitiva, una piragua, como las que los indígenas fabricaban con el tronco de un árbol. Y luego…
Se estremeció.
Ante sus ojos, que miraban al río, pasaban varios troncos arrastrados por la corriente.
¡Ah, subir sobre uno de aquellos troncos y dejarse arrastrar lentamente hacia el mar!