Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas Y así vivía Willems, bajo la mirada escrutadora y triste de Aissa. Ésta le espiaba a todas horas, adivinando algo terrible en el silencio del hombre amado, en su odio, en la aversión con que la miraba, con que la trataba. Y tenía que esconderse, para llorar a solas, sin que el hombre la viera. Lloraba su desilusión, su equivocación, su fracaso, su abandono. Ella, que había adorado, que adoraba a aquel hombre por encima de todo, que le había entregado su vida entera, que quiso hacer de él un jefe respetado y temido por todos, un hombre grande y glorioso, se veía rechazada, odiada, repudiada por Willems como si fuera un reptil o un animal dañino de los bosques.
Willems, en los tres días que siguieron a la marcha del capitán Lingard, no quiso dirigir ni una sola palabra a Aissa. Pero la muchacha prefería aquel silencio a las palabras incomprensibles y coléricas que le había dirigido aquel día espantoso. Ella no las comprendió, desde luego, ya que él hablaba en su propia lengua, pero adivinó que eran terribles.
Willems había pasado aquellos tres días casi siempre a la orilla del río.
Una tarde, Willems se quedó en la ribera hasta muy tarde. El sol se había puesto, y una niebla azulada comenzaba a subir del agua, enredándose en las ramas de los árboles y envolviendo el cuerpo sucio y vestido de harapos del vagabundo.