Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas Al fin se decidió a volver a la casa.
Aissa, que estaba en la explanada, junto al fuego, se levantó al verle y le siguió en silencio.
Willems subió las escaleras de madera y se encontró en la veranda que rodea todas las casas de Oriente. Los pasos de Aissa resonaron detrás de él, lentos y blandos. El hombre se estremeció al adivinar lo que la mujer querÃa, lo que llegarÃa a ocurrir si se encontraban dentro de la casa, aunque sólo fuera por un instante.
Entonces se detuvo ante el umbral, al mismo tiempo que la voz de Aissa murmuraba con humildad inmensa:
—¡Déjame entrar, Willems! ¿Por qué esa cólera? Dime, ¿por qué ese silencio que me mata? Déjame a tu lado. ¿No he vigilado siempre tu sueño con amor y ternura? ¿Qué te ha ocurrido mientras yo velaba tu reposo? ¡He esperado tanto, por tus palabras, por tus sonrisas! Ya no puedo esperar más. ¡MÃrame, Willems, háblame, dime algo, aunque sea para maldecirme! ¿Qué espÃritu malo se ha alojado en ti? ¿Es que en realidad vive en tu pecho un mal espÃritu, que ha devorado tu valor y tu amor por mÃ? ¡Déjame que te abrace! ¡OlvÃdalo todo! ¡OlvÃdalo todo! Todo lo olvidarás en mis brazos; los rostros coléricos y crispados, las palabras atroces y duras, los gritos, las blasfemias, y sólo te acordarás del dÃa en que fui tuya para siempre, para siempre. ¡Oh, corazón mÃo, vida de mi vida!