Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas La voz de la mujer se extendió por el espacio en sombras, llenándolo todo de ternura, como si lo impregnase de lágrimas, de un dulce y suave llanto. Todas las cosas que rodeaban la casa, los bosques, las praderas, el rÃo, cubiertas por el negro manto de la noche, parecieron despertar y escuchar las palabras dulcÃsimas de la mujer en un religioso silencio.
Willems se volvió y se acercó a ella como si le empujara una fuerza irresistible y extraña. Vio el rostro de la joven cubierto por las manos, en una actitud desolada. La noche era muy dulce, y en el cielo, muy poco azul, parpadeaban las estrellas con un brillo nuevo. Una brisa suave y perfumada por los mil olores del bosque y del rÃo pasaba sobre la tierra, envolviendo a los hombres y a las cosas en su inmensa caricia.
Willems notó que una nueva sensación nacÃa en su pecho, imponiéndose a todos sus otros sentimientos. Vio a aquella mujer a dos pasos de él, y pensó que cuando se veÃa tan solo, tan desamparado, tan triste; cuando podÃa gritar pidiendo auxilio sin que nadie le oyera, sin que nadie le ayudase; cuando podÃa morirse de angustia, de horror y desesperación, cuando todos le abandonaban, aquella pobre mujer era el único ser de la tierra que estaba a su lado, que le oirÃa, que le ayudarÃa, que le consolarÃa, que le acogerÃa en sus brazos, que no le negarÃa ni sus besos ni sus caricias.