Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas Pero se sentía como intoxicado por el sutil y dulcísimo perfume de la noche cálida y serena, acariciado por la brisa, poseído por la exaltación de su soledad, del silencio que lo rodeaba, de sus recuerdos, en presencia de aquella figura femenina que se le ofrecía con una sumisa y obediente devoción, llegando a él en nombre del pasado, en nombre de aquellos días en que no veía nada, en que no deseaba nada, en que no pensaba en nada, excepto en la dulzura de sus besos, en el calor de su pecho, en la gloria de sus brazos, que le parecían dos dulcísimas cadenas de flores.
Entonces Willems abrió los brazos y estrechó entre ellos a la mujer, que cayó en aquel pecho tan amado con un leve grito de alegría y de sorpresa.
Willems la cogió en sus brazos y cerró los ojos, esperando que en su pecho se abrieran las flores ya olvidadas, la muerta ternura, la locura extinguida, pero sintiendo al mismo tiempo algo parecido a un frío de muerte, un profundo disgusto de sí mismo, que le hizo acabar por maldecirse interiormente, por despreciarse por su nueva caída.