Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas Aissa, abrazada a él, aferrada a él con todas sus fuerzas, suspiraba, lloraba y gemÃa dulcÃsimamente, con la cabeza hundida en el pecho de él, musitando palabras impregnadas de ternura. ¡Siempre, siempre habÃa creÃdo en él y en que la fuerza del amor de ella acabarÃa por devolverle a sus brazos! ¿Qué importaba el pasado cruel y doloroso? En adelante estarÃan siempre juntos, ¡siempre, siempre!
Él la escuchaba, oprimiéndola de un modo inconsciente contra su pecho, mientras pensaba que ya no le quedaba nada que hacer en el mundo. ¡Todo habÃa terminado! Y le pareció que caÃa en una sima sin fondo, en una sepultura de la que nunca más podrÃa salir.
Al dÃa siguiente, Willems se levantó temprano. Salió a la veranda, deteniéndose en el umbral y escuchando la respiración de Aissa, que dormÃa plácidamente. Él no habÃa podido conciliar el sueño en toda la noche. SentÃa un terrible, un irresistible disgusto consigo mismo, que casi le revolvÃa el estómago. Le parecÃa como si hubiera envejecido veinte años en una noche.
Se apoyó en la barandilla y contempló los primeros resplandores del alba, que surgÃa por encima de la lÃnea aún negra de las arboledas. Luego murmuró con convicción, casi en voz alta, con acento terriblemente doloroso:
«¡Estoy perdido, irremisiblemente perdido!».