Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas Willems se dirigió hacia el río, pero luego retrocedió y se sentó a la sombra del gran árbol de la explanada. Al otro lado del enorme tronco, la vieja criada acababa de encender el fuego. Willems sintió apetito, y aquella sensación le pareció una humillación más que añadir al número infinito de las que sufría. Sentía deseos de llorar, de llorar por él. ¡Oh, Señor! Se sentía débil. ¡Estaba tan delgado y pálido! Su cuerpo era esquelético, semejante a un montón de huesos cubiertos por una piel pálida y delgadísima. Había tenido fiebres terribles. Experimentando una nueva sensación de miseria, se dijo que Lingard, aunque había cumplido su palabra de enviarle alimentos —un alimento ridículo: un poco de arroz y pescado en conserva, cosa harto insuficiente para un hombre blanco—, no le había mandado ninguna medicina.
¿Pensaba el viejo y feroz marinero que él, Willems, era como los animales de la selva? El desdichado necesitaba quinina, pues la fiebre se le reproducía muchas tardes.