Un vagabundo de las islas

Un vagabundo de las islas

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Willems entendía a medias lo que su esposa le decía. Hablaba de un bote, de un bote con tres hombres, que incluso podría llevarle hasta el mar si era necesario. Aquello estaba claro. Ella podría llevárselo. ¿Por qué habría de haberle mentido Almayer a ella? ¿Es que acaso sospechaba que le tendían un lazo? Joana tenía dinero. Los hombres estaban dispuestos a ir donde se les mandase…

Willems la interrumpió:

—¿Dónde están esos hombres?

—Pueden venir en seguida. Se han quedado pescando en el río.

De nuevo habló la mujer como un eco lejano, sin dejar de suspirar. Ella quería que la perdonara. ¿Que la perdonase él? ¿Por qué? Willems pareció recordar al fin. ¡Ah, sí, la escena de Macasar! ¡Como si él pudiera pensar en aquello, que había ocurrido hacía tantos meses! Y mientras ella hablaba, rogaba y lloraba sobre los hombros de su marido, o le besaba furtivamente una mano, pidiéndole que la perdonase en el nombre de Dios, Willems, con la vista perdida en un ideal lejano, miraba por encima de las arboledas el río que brillaba al sol de la mañana, y más lejos, en un horizonte ya invisible, el mar, la libertad, el porvenir brillante, ¡quién sabe si una venganza completa el día de mañana contra Lingard y contra todos sus enemigos!


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