Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas Willems calló y miró a su esposa fijamente. Para él, Joana había ido a vengarse, y formaba parte de un complot contra él, quizá para matarle.
Joana comenzó a gritar:
—¡No me mires así, Peter! ¿Qué he hecho yo? Vengo a rogarte que me perdones, que me perdones…, y a salvarte. Lingard… Sé que estás en un gran peligro, Peter.
Willems se estremeció de impaciencia y de terror, experimentando una remota esperanza. Ella le miró con el ceño fruncido y preguntó con angustia:
—¿Qué te pasa, Peter querido? ¿Qué tienes? ¿No te encuentras bien? ¡Pareces tan enfermo!
Willems repuso con violencia:
—¿Qué te importa a ti? ¡Estoy bien, perfectamente bien! Dime, ¿dónde está la canoa en que has venido? ¡Dímelo!
—¡Oh!, ¿por qué me hablas así? ¡Me haces daño, Peter!
De nuevo se hizo el silencio, un silencio penoso, durante el cual los dos se observaron. En los ojos de la mujer brillaba la ternura, y al verla se comprendía cuán satisfecha estaba de encontrarse de nuevo junto al hombre amado.
Una vez que vio a su marido algo más sereno, Joana empezó a hablar de un modo lento.