Un vagabundo de las islas

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«¿Cómo ha venido? ¡Evidentemente, en un bote! Luego yo…».

—¡Un bote, una canoa! ¡Ah!

Levantó amorosamente a su mujer.

En cuanto se puso en pie, Joana se abrazó al cuello de su marido y comenzó a llenar de besos furiosos y desesperados su frente, sus mejillas, sus ojos, su boca y sus orejas.

Willems intentaba rechazarla sonriendo, pero ella volvía a la carga, sin escuchar las palabras de su marido, que intentaba averiguar cómo había llegado hasta allí. Pero Joana estaba ciega y sorda, y seguía besándole, empujándole y abrazándole. Aquel encuentro parecía más bien una pelea. Entretanto, el pequeño Louis seguía durmiendo bajo su manta.

Al fin, Willems consiguió libertarse de aquellos brazos, y los dos quedaron frente a frente de nuevo. Willems creía soñar. Gritó:

—¿Cómo has venido?

La mujer contestó, todavía jadeando de emoción:

—En una pequeña canoa con tres hombres. Yo no sé nada. Lingard se ha marchado, y vengo a salvarte. Estoy enterada… Almayer me ha contado…

—¡Canoa…! ¡Almayer…! ¡Mentiras! Almayer te dijo… ¿Qué te dijo?


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