Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas La mujer se detuvo.
Ambos se miraron largamente, con los ojos muy abiertos, estremecidos por lejanos recuerdos que parecían perdidos en aquel lapso de tiempo.
Joana se acercó al fin y dejó al niño en un banco rústico. El pequeñuelo, después de llorar durante varias horas en la oscuridad del río, se había quedado profundamente dormido. Willems siguió a su mujer con los ojos durante un gran rato. Aceptaba la presencia de su esposa con el mismo estoicismo con que aceptaba ya todas sus desgracias. ¿A qué había ido? Él esperaba que Joana saltara sobre él, le cogiera de los pelos y le abofetease luego. ¿Por qué no lo hacía?
De pronto, Joana corrió a su encuentro y, arrodillándose ante él, se abrazó a sus piernas. Willems se quedó atónito. Con la frente apoyada en las rodillas del esposo, la mujer sollozaba silenciosamente. ¿Qué era aquello?
No sentía ni la más pequeña fuerza para dar un paso. La oyó musitar algunas palabras, y luego entendió que decía varias veces:
—¡Perdóname, perdóname!
Entonces, ¿ella había ido allí a eso, a que él la perdonara? ¡Ah, qué extrañas son las mujeres! ¡Había ido a que él la perdonase! Inmediatamente, un pensamiento cruzó por el cerebro de Willems como un relámpago: