Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas A Willems le pareció que era una mujer envuelta en una bata roja y que llevaba algo en los brazos. Era una especie de aparición inesperada, familiar y extraordinaria.
Willems lanzó un juramento entre dientes. ¿Qué era aquello? ¿Es que deliraba todavía? ¡Debía de estar muy enfermo, cuando su delirio tomaba aquella forma en pleno día!
De pronto se estremeció, experimentando un miedo intenso. Tenía la absoluta seguridad de que era una mujer la que se acercaba. Y aquella mujer… ¡Horror, aquella mujer era su esposa, era Joana! ¿Era posible? Sus ojos se abrieron enormemente, y por un instante llegó a olvidar su propia existencia, su propia personalidad.
Luego se preguntó con un asombro horrible: «¿A qué diablos viene?».
Joana subía las escaleras con pasos precipitados y ansiosos. Llevaba entre los brazos al niño, envuelto en una mantita blanca, recogida de la casa de Almayer en el último momento. La mujer miraba a un lado y a otro, demostrando su ansiedad por descubrir a su marido. Luego, al acercarse más a la explanada, Joana acabó por ver una especie de cadáver viviente, un ser absurdamente delgado y pálido, que la miraba con los ojos muy abiertos. Estaba cubierto de harapos, descalzo, y sobre la desgreñada cabeza no llevaba nada. ¡Aquella piltrafa humana era su marido!