Un vagabundo de las islas

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Cerró los ojos, en un instante de inmensa amargura, y al abrirlos de nuevo vio unas cuantas hormigas negras y enormes que arrastraban un insecto muerto. El espectáculo le llenó de pavor. ¡La muerte le salía al encuentro por todas partes, como un espejo donde mirarse, como advirtiéndole que pronto iba a morir! Luego se compadeció de sí mismo. Se parecía a un niño, con los mismos terrores, las mismas angustias y las mismas miserias de los pequeñuelos. Sus puños se crisparon. Se pasó una mano por la frente, como para alejar una alucinación atormentadora. Era que le había parecido oír unas voces lejanas, una voz que le llamaba. ¡Qué locura! ¿Quién podría llamarle a él? ¿Quién se interesaba por él en el mundo?

Sin embargo, al cabo de un momento le pareció volver a oír aquellas voces procedentes del río. Incluso le pareció distinguir con toda claridad estas palabras: «¡Volveremos pronto!». Debía de estar delirando. ¿Quién podía volver allí? ¡La fiebre era lo único que iría a buscarle!

Sin embargo, sin embargo… La vieja criada, que preparaba un almuerzo irrisorio, se levantó de pronto y, avanzando hacia la escalera, que conducía al río, se puso una mano ante los ojos como si mirara a alguien. Entonces Willems se levantó también, y vio con toda claridad una figura humana que subía del río.


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