Un vagabundo de las islas

Un vagabundo de las islas

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I

Cuando abandonó por primera vez en su vida la estrecha y rígida senda del deber, lo hizo con el sincero propósito de volver al camino de la virtud tan pronto como aquella extraña excursión hacia el Mal hubiera producido el efecto deseado. Según él, iba a ser un episodio sin importancia en medio del fecundo y florido cuento de su vida, algo momentáneo y fugitivo, aceptado contra su deseo, y que más tarde podría continuar mirando cara a cara la luz del sol, disfrutando de la misma existencia plácida y respirando el aire cargado del perfume de las flores en el pequeño jardín que se extendía ante su casa. Imaginaba que todo iba a seguir igual, que él podría continuar tiranizando a su pobre mujer, contemplando a su hijo y dominando altivamente a su cuñada, que, aunque vestida hasta cierto punto a la europea, miraba al blanco esposo de su hermana como a un dios. Aquéllas eran las grandes alegrías de su vida, y no podía imaginarse que ninguno de sus actos, fuera el que fuese, tuviera la suficiente fuerza moral para destruir el encanto de todas aquellas cosas, empañar o eclipsar la luz del sol, robar su aroma a las flores, borrar la sonrisa de los labios de su hijo o arrebatarle un ápice del respeto con que le miraba y le mimaba Leonardo da Souza y toda la familia Da Souza. La admiración de aquella familia era el gran orgullo de su existencia. Parecía rodearle de una especie de inquebrantable seguridad y de una superioridad indiscutible. Le gustaba aspirar con inacabable delicia el tosco incienso que aquellas gentes quemaban sin cansarse ante el altar del venturoso hombre blanco; del hombre que les había hecho el inmenso honor de casarse con su hija, hermana o prima; de aquel hombre de alta alcurnia, seguramente, que sabría elevarse más y más todavía; del empleado de confianza de Hudig y Compañía. Ellos eran una turba numerosa y sucia, que vivían en casas malolientes y viejas, construidas con bambúes, rodeadas de patios fétidos, en las afueras de Macasar. Él los ayudaba cuanto podía, aunque teniendo la íntima seguridad de que todo lo que se hiciera por ellos sería inútil. Constituían una raza mestiza, perezosa, miserable, débil, sucia, siempre vestida de harapos; las viejas, gordas y hediondas, parecían odres hinchados, eternamente apoyadas en sillas rústicas en los rincones polvorientos y sucios de sus casuchas; las jóvenes, delgadas y pálidas, de grandes ojos negros, con la cabellera larga y lacia, se movían lánguidamente, con lentitud y parsimonia de sacerdotisas de un extraño culto. Se había acostumbrado a oírlas gritar y pelearse a cada instante, a oír llorar a los chiquillos, al mismo tiempo que, del fondo de los corrales y de los patios inmundos que rodeaban sus viviendas, salía de continuo el eterno gruñido de los cerdos. Las chozas, las cabañas míseras, estaban siempre envueltas en el insoportable hedor de basura que procedía de los corrales. Y, sin embargo, él vestía y alimentaba a toda o a casi toda aquella gente, a aquella turba miserable que le causaba repugnancia, a aquella multitud degenerada que descendía de los primitivos conquistadores portugueses del país. Podía decirse que era su Providencia. Se complacía en enseñarles oraciones, que luego cantaban todos a coro, olvidando por unos momentos su miseria y su suciedad infinitas. Es verdad que eran muchos y que sus necesidades eran numerosas, pero, por fortuna, él podía atenderlas todas sin llegar a arruinarse. En cambio, ellos le veneraban de un modo callado y dulce; le querían, le idolatraban.


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