Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas Willems quedó en estática contemplación, sintiendo esa dulce caricia que es para el alma el nacimiento de un amor muy puro, emoción de lágrimas que invade el corazón hasta convertirse en una herida, emoción de dulces sensaciones que despiertan en nosotros, haciendo nacer en el fondo del pecho nuevas esperanzas, nuevos anhelos, nuevos temores, al mismo tiempo que un irresistible deseo de huir de nosotros mismos.
La mujer dio un paso, pero se detuvo de nuevo. Y Willems continuó su camino, después de lanzar un hondo suspiro, el suspiro que lanza el soldado antes de entrar en batalla, el suspiro de un amante antes de caer en los brazos de la mujer querida, el suspiro que templa el alma para arrostrar todos los peligros y todas las amenazas, las pasiones, las luchas, las tempestades de la vida y la misma muerte.
¿Quién era aquella mujer? ¿De dónde había salido?
Desde aquel momento, Willems encontró interesante y adorable aquella naturaleza, de incomparable hermosura, desde luego, pero que hasta entonces le había parecido hostil y bárbara y entre la que él se movía con un sordo e impotente sentimiento de odio y de inutilidad. El paisaje había cambiado: todo era dulce, amable, acogedor… Aquella mujer era semejante a un ensueño, a una dulce aparición que surgiera para encantar su vida, para reconciliarle con el mundo.