Un vagabundo de las islas

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Y entonces se produjo el milagro. Fue ella, ella misma, la que avanzó hacia Willems, llevando en sus labios una sonrisa encantadora… Mil pensamientos cruzaron la mente del hombre blanco, que se sorprendió al fin al oír su propia voz que preguntaba:

—¿Quién es usted?

—Soy la hija del ciego Omar —contestó la joven en voz baja, pero con tono firme y sereno—. ¿Y usted? Usted es el señor que ha venido hace poco y que está ayudando al comerciante de la colonia, ¿verdad?

—Sí —repuso Willems, que tenía que hacer un gran esfuerzo para hablar—, sí, yo soy…, yo soy el blanco que ha venido a ayudar al comerciante de la colonia… Pero… —añadió en un tono de voz que no le pareció la suya—, pero yo soy el vagabundo de mi raza.

La mujer le escuchó gravemente. Durante unos instantes, los dos se miraron a los ojos. Una sombra pasó por el rostro de Willems, que se dispuso a hablar, a dar rienda suelta a los sentimientos que le embargaban. Pero se contuvo, y sólo murmuró con voz muy dulce:

—¡Es usted muy bella!

La muchacha se estremeció al oír las palabras del hombre blanco, y todo en ella pareció sonreír al sonreír sus labios. Luego, bajó los ojos, y un relámpago de alegría brilló en su rostro de color de cobre, que se iluminó súbitamente como si lo alumbrara una divina luz interior.


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