Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas Era muy tarde cuando llegó a la casa de Almayer; pero atravesó con paso ligero el rústico jardincillo que rodeaba al bungalow, sin tropezar en las piedras ni en las matas, a pesar de la oscuridad que reinaba, como si le alumbrara alguna luz misteriosa. El dueño de la casa le recibió con un monosílabo seco, y él se sentó a la mesa, procurando hablar en tono alegre y ligero. Pero al terminar la cena, y después que los dos hubieron fumado un cigarro en silencio, Willems experimentó de pronto un inexplicable disgusto, algo así como un cansancio inmenso, una extraordinaria lasitud, una tristeza infinita, como la que experimentamos después de alguna pérdida irreparable. Luego le invadió una cólera irrazonable, y sintió deseos de gritar, de blasfemar… Hubiera querido batirse con Almayer por el menor pretexto. Sin querer, miraba a Almayer con ojos furiosos y el ceño fruncido. El otro fumaba pensativamente, reflexionando sin duda en los trabajos del día siguiente. Aquel silencio le pareció a Willems un insulto imperdonable. ¿Por qué aquel idiota no hablaba como las otras noches?