Un vagabundo de las islas
Un vagabundo de las islas Willems no podía recordar cómo y cuándo se había separado de Aissa. Se sorprendió al ver ante sus ojos el caserío indígena, mientras su canoa se deslizaba entre las últimas cabañas, de regreso a la casa de Almayer. Sólo después de tener de nuevo conciencia de la realidad, experimentó como un vago temor, mía sensación extraña de que algún peligro desconocido le acechaba, de que una fuerza misteriosa y oculta había tomado posesión de su corazón. Su primer impulso fue de rebeldía. ¡Nunca más volvería al sitio donde acababa de encontrar a la hermosa mestiza! ¡Nunca! Pero ¡ah! Sus ojos descubrían entonces el mundo que le rodeaba y en el que nunca se había fijado hasta aquel momento. El río le parecía más ancho y majestuoso; el cielo más alto y más puro; sus mismos brazos remaban con una fuerza quintuplicada. Contemplaba los árboles de las orillas, y tenía la sensación de que si quisiera podría abatir aquellos troncos seculares sin gran esfuerzo y precipitarlos en la corriente. Su cabeza ardía. Volvió a hundir una de sus manos en el río, bebiendo con delicia aquella agua turbia y fangosa.